


Narrativa de una memoria fragmentada
La única manera de habitar un cuerpo que ha muerto es reconciliándose con quienes lo habitaron antes.
Hace tres años después de un ACV hemorrágico, contra todo pronóstico los médicos lograron estabilizar mi cerebro y mi vida dejó de pender de un hilo. Dios había hecho el milagro que mi familia pidió con insistencia. Llevaba 8 años muriendo a causa de distintos diagnósticos y en ese punto no me acordaba de cómo se vivía. Mi memoria tenía demasiados baches, casi 5 años se habían borrado por completo, comprendí que, para continuar, debía buscarme entre las cosas perdidas.
La primera vez que me vi confrontada con un diagnóstico que podía llevarme a la muerte tenía 14 años, se me hizo natural pensar que moriría joven. Mientras mi cuerpo se deterioraba con velocidad, yo me esforzaba por ser más rápida. Creí tener una fortaleza implacable, pero mis silencios se fueron haciendo demasiado fuertes. Las heridas tapadas no sanan y mi cuerpo se desbordó en gritos.
La escritura fue mi camino de regreso, aprendí a hacerme presente entre las líneas de mis textos. Mi voz se fue haciendo clara y por fin encontré en mi vulnerabilidad, un lenguaje honesto que me conectó con la fragilidad humana que todos buscamos dejar atrás.
Conoce a Juliana Maz
Juliana Maz es escritora, conferencista, madre, esposa y una mujer de fe. Su profunda pasión por Dios ha marcado su manera de comprender el sufrimiento, la esperanza y la capacidad humana de reconstruirse.
Es profesional en Estudios Literarios y magíster en Educación de la Pontificia Universidad Javeriana. En su búsqueda por comprender su historia, realizó estudios de profundización en neuropsicología y epilepsia.
Su trabajo en las letras va más allá de su formación académica. Su voz nace de un territorio íntimo: el encuentro entre la fragilidad, la memoria y las oportunidades de transformar la vida.
Juliana escribe desde la profundidad de la experiencia, su obra es un espacio donde las personas encuentran palabras para aquello que no saben nombrar: el miedo, el dolor, los silencios, la pérdida, la incertidumbre y también la esperanza.




ENTREVISTA DESTACADA
Un milagro con propósito
Después de volver a la vida, no sabía cómo afrontar toda la historia que se había ido de mí. No me reconocía en el espejo. Mi ropa era horrible, mi cuerpo estaba marcado por las cicatrices de las batallas ganadas, el tiempo había pasado para todos, mis hijos habían crecido y se habían ido en busca de sus sueños. ¿Qué hacer con tantas preguntas, tanta nostalgia sin sentido?
Muchos me han preguntado por qué me considero un milagro, y quiero responder. No solo soy un caso médico en el que mi familia tuvo que despedirse de mí en la UCI y los médicos se enfrentaron a la inminencia de la muerte reflejada en cada uno de mis signos vitales. En ese espacio en el que mi cuerpo fue vencido, tuve el privilegio de encontrarme con Jesús. Me encontró a los pies de una cruz vacía, derrotada. Me regaló su sonrisa y la oportunidad de volver con un corazón, unos pulmones y unos riñones nuevos. Hay exámenes que comprueban que lo que digo es cierto.
Yo dependía de toda clase de máquinas. No podía valerme por mí misma. Permanecía consciente solo unas pocas horas al día, la debilidad y los medicamentos me impedían concentrarme lo suficiente para leer o escribir. Hoy he recuperado mi vida por completo. Negar a Dios sería negarme a mí misma.
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Después de volver a la vida, no sabía cómo afrontar toda la historia que se había ido de mí. No me reconocía en el espejo. Mi ropa era horrible, mi cuerpo estaba marcado por las cicatrices de las batallas ganadas, el tiempo había pasado para todos, mis hijos habían crecido y se habían ido en busca de sus sueños. ¿Qué hacer con tantas preguntas, tanta nostalgia sin sentido?
Muchos me han preguntado por qué me considero un milagro, y quiero responder. No solo soy un caso médico en el que mi familia tuvo que despedirse de mí en la UCI y los médicos se enfrentaron a la inminencia de la muerte reflejada en cada uno de mis signos vitales. En ese espacio en el que mi cuerpo fue vencido, tuve el privilegio de encontrarme con Jesús. Me encontró a los pies de una cruz vacía, derrotada. Me regaló su sonrisa y la oportunidad de volver con un corazón, unos pulmones y unos riñones nuevos. Hay exámenes que comprueban que lo que digo es cierto.Yo dependía de toda clase de máquinas. No podía valerme por mí misma. Permanecía consciente solo unas pocas horas al día, la debilidad y los medicamentos me impedían concentrarme lo suficiente para leer o escribir. Hoy he recuperado mi vida por completo. Negar a Dios sería negarme a mí misma.
En una conferencia, alguien me preguntó por qué Jesús me había sanado a mí después de que ella había clamado durante meses por la salud de su madre. No supe qué responder. Esa noche, mi hijo me dijo: «Mamí, Dios te hizo el milagro porque sabía que no te quedarías con él». Sus palabras siguen resonando en mí.
Decidí hacer que valiera la pena. Mi trabajo va más allá de mis libros, mis clases y mis conferencias. Quiero dedicar mi vida a traer esperanza. En medio del caos del mundo, es importante recordar que Dios sigue presente. En cada segundo, Él nos sonríe.
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