Cuando la sal arde

Mi hija me dijo una vez: «Nosotras somos de un tipo de humanos diferente, hechas de un material que parece frágil, pero que en realidad es irrompible, capaz de sostener, adaptarse y resistir situaciones extremas».

Todo sufrimiento nos llena de preguntas frente a Dios. Nos sentimos aislados, rodeados por una realidad que nos supera. Nos preguntamos por los motivos, reclamamos una justificación y, en medio de tantas preguntas, nace una profunda frustración.

El dolor es el lenguaje más difícil de comprender. Admitir que no tenemos el control y que necesitamos ayuda es el primer paso para aliviar la carga. Hacerlo no cambia necesariamente la situación, pero hay luz en ser honestos con nosotros mismos y con quienes nos aman. La enfermedad interrumpe la cotidianidad de la vida, transforma nuestro entorno y, si dejamos por fuera a quienes nos acompañan, traerá soledad tanto para nosotros como para ellos, que no entenderán nuestra ausencia.

Cambiar nuestra forma de relacionarnos con las circunstancias requiere el valor de dar un paso al frente y preguntarnos qué sigue para nosotros, sobre todo cuando sabemos que tendremos que despedirnos de algunos de los sueños que alguna vez construimos. No podemos permanecer aferrados al pasado ni vivir buscando culpables. Es momento de redirigir la mirada y encontrar un nuevo propósito que dé sentido al camino que tenemos por delante.

En los tiempos más difíciles, en las grandes pausas de la vida, uno aprende a disfrutar de la compañía de Dios desde otra perspectiva. En las noches largas y en esos silencios que parecen eternos, descubrimos que algo nos rodea. Más allá de los pitos de las UCI, de las carreras de médicos y enfermeras para llegar a tiempo a la cama de al lado, la sensación de que algo superior se mueve entre el blanco de las paredes nos lleva a cuestionar lo humano y lo eterno. Incluso después de años de haber negado su existencia, nos vemos confrontados con nuestra propia fragilidad. Cada bocanada de aire deja de depender de nosotros y aprendemos a reconocer un milagro en la llegada de cada nuevo día.

Mi mayor descubrimiento fue comprender que nuestra fragilidad no es una señal de abandono. Nuestra naturaleza humana nos hace vulnerables, y eso no significa que Dios nos ame menos. Jesús conoció el abandono, experimentó el dolor y cargó con el sufrimiento. Su amor lo llevó a entregarse para cambiar nuestra historia y recordarnos que nunca hemos estado solos. Es ese amor el que nos sostiene en medio de la incertidumbre y en el que nos hacemos eternos.

2 Corintios 12:9: «Mi amor es todo lo que necesitas. Mi poder se muestra en la debilidad.»