No me sueltes

Artículo

6/18/20265 min read

a black and white photo of a tree

Después de más de cincuenta hospitalizaciones, veinte cirugías y siete temporadas en la UCI, hoy puedo afirmar que muchas de las oportunidades que tuve nacieron de una insistencia compartida: la mía, la de mi familia y la de quienes decidieron acompañarme sin prisa por concluir.

En los últimos años, palabras como soltar, fluir y dejar ir se han ido instalando con fuerza en el lenguaje cotidiano. Se presentan como caminos hacia el bienestar, la salud emocional y la aceptación de aquello que no podemos controlar. Sin embargo, en escenarios en los que la vida está en juego, soltar no siempre es lo correcto. A veces, insistir es un acto de rebeldía que abre la puerta a nuevas esperanzas.

Gran parte de mi historia fue atravesada por la enfermedad. He estado del lado de la camilla, de las sirenas de ambulancia, de los quirófanos, del pronóstico reservado y del diagnóstico incierto. Mi cuerpo, muchas veces se rebeló, con síntomas que no eran claros, y diagnósticos que no parecían concluyentes. Mis médicos se esforzaron por armar el rompecabezas, pero justo cuando creían entender la imagen, los resultados eran contrarios a lo que se esperaba de los tratamientos y volvía a ser una emergencia.

Creo que fueron cuatro, las veces que mi familia fue confrontada a despedirse de mí. En la segunda ocasión, uno de mis médicos compartió la tristeza al tener que darle la noticia a mi esposo y no ocultó que sus ojos se aguaron.

En esos espacios donde las noches se hacen largas, marcadas por los sonidos constantes de las máquinas y del dolor de quienes se encuentran a solo un metro de distancia. Mis médicos, enfermeras y demás especialistas me rodearon y se convirtieron en luz y apoyo, no sé si fue por el número de batallas compartidas, pero cuando mi familia estaba en casa, ellos eran la fuerza.

Sin desconocer los límites de los protocolos clínicos, una y otra vez lucharon por mi vida: me sostuvieron, revisaron hipótesis cuando nada parecía encajar y me llevaron en carreras al quirófano cuando surgieron otras complicaciones. Ellos decidieron no cerrar de manera prematura una historia que aún no ha terminado de escribirse.

Quienes conocen de mi caso me repiten que soy un milagro, creó firmemente que tienen razón, Dios me regresó a la vida, pero no solo actuó a través del Espíritu sino de quienes puso a cuidar de mí. Puedo identificar escenas puntuales en las el equipo médico se esforzó para transformar por completo la situación que yo atravesaba.

Durante una de mis temporadas en la UCI, el delírium me hizo perder la noción de mí misma y fui confrontada por mis mayores miedos, esos que se escondían donde no pudiera encontrarlos, y en mi mente perdida se repetían más allá del tiempo y el espacio, una y otra vez. Claramente hubo correas que me inmovilizaban impidiendo que me hiciera daño, pero con el pasar de los días y viéndome en medio de ese sufrimiento, el intensivista gestionó una autorización especial para que pudiera estar acompañada por mi familia sin las limitaciones de los horarios de visita, y que a través de su compañía mi realidad volviera a ubicarse en tiempo y espacio. El amor me trajo de vuelta.

En otro período prolongado de hospitalización en el que cada semana se me practicaba una intervención quirúrgica, el equipo del quirófano se dio a la tarea de ayudarme a sentirme entre amigos. Los rostros se hicieron familiares, los saludos más cercanos, el ambiente menos hostil. En medio de los protocolos se fue tejiendo una relación que alivianó el miedo. Podía ser la misma mesa de cirugía, pero la hicieron menos fría. La técnica seguía siendo impecable, pero el trato humano transformó mi experiencia al atravesar esos umbrales.

Por su parte, mi cirujano decidió afrontar una y otra vez el comité de casos para obtener la aprobación y poder realizarme un procedimiento experimental con el que logramos la reconstrucción de mi abdomen. Su decisión no era temeraria; era cuidadosa, sostenida en estudios y responsabilidad. Él no se resignó a las negativas que recibió durante meses: llevó mi caso insistentemente, recalcando que aún existía un margen para intentar algo distinto que me devolviera la calidad de vida. Las negativas se daban porque NO había antecedentes de una cirugía como la que él me realizó, hoy los hay.

No sugiero que los especialistas vayan en contra del saber médico; propongo más bien, mantener la atención cuando el caso es complejo, revisar lo que parece evidente, aceptar que no todos los cuerpos responden igual y que no todas las historias clínicas se ajustan a los manuales. La mía siempre fue la rara, incluso en urgencias hubo un par de médicos que buscaron no quedar a cargo de mi ingreso. No presento fiebre, tengo dos vasos, me falta el colon, también la tiroides y una que otra cosa más, mantengo con leucopenia, mi umbral del dolor es excesivamente alto y soy mala para quejarme. Aún tengo presente la cara de la enfermera que me solicito síntomas en un Triage y a quien solo alcancé a decirle: “vengo a morirme” y me desplome.

Insistir no significa negar la realidad, ni desconocer los límites de la medicina; representa no resignarse al silencio cuando algo no encaja y volverse a preguntar cuando una respuesta no es suficiente.

Uno de mis médicos y amigos, creo que a esta altura es más lo segundo, ama pintar. Cuando le entregué mi libro, encima de la firma le escribí: para todos los que hemos tenido la bendición de haber sido tratados cómo obras de arte: únicos y valiosos.

Los avances y los nuevos rumbos se dan porque alguien decidió no cerrar la puerta demasiado pronto. Desde mi experiencia como paciente, puedo decir que existe una diferencia enorme entre ser atendida y ser acompañada. Cuando un profesional insiste con criterio, escucha y presencia, los pacientes sentimos que nuestra historia importa, que no nos define un diagnóstico y que seguimos teniendo una vida en curso. En los momentos más difíciles cuando no hay certezas, esa relación de confianza fortalece la esperanza y genera nuevas fuerzas para seguir.

Tengo claro que en Colombia vivimos bajo un sistema de salud con tiempos limitados y una presión constante por la eficiencia. Los médicos atienden con los minutos contados y los exámenes controlados. Desde ese contexto, hablarles de perseverar en casos difíciles se hace una tarea titánica, pero quiero invitarlos a mantener encendida la pasión por el conocimiento, la investigación y el arte del cuidado. Puede que no siempre se logre cambiar el desenlace clínico, pero con seguridad se transformará la experiencia de quien atraviesa la enfermedad, se generaran diagnósticos más precisos y avances en nuevos tratamientos.

Este articulo no busca desconocer el valor de saber cuándo detenerse. Más bien, abre una conversación honesta sobre esos momentos en los que rendirse no es soltar, sino renunciar antes de tiempo. Cuando la vida está en juego en cualquiera de sus dimensiones, permanecer marca la diferencia entre cerrar una historia o dejar espacio para un nuevo final, un ajuste o incluso un descubrimiento inesperado. Yo estoy llena de ellos.

En mi caso, insistir nunca significó negar la realidad ni desconocer los límites de la medicina; significó no resignarse al silencio cuando algo no encajaba y volver a preguntar cuando una respuesta no era suficiente. El esfuerzo de quienes decidieron no soltarme no cambió solo el curso de mi historia clínica: salvó mi vida. A todos ellos y a todos ustedes, gracias.